Los días 25 y 26 de septiembre, David Blanco volvió a llevar Pedaladas de Esperanza a la carretera. Esta vez lo hizo en el Camino del Quijote, un reto de ultradistancia de 425 kilómetros, con salida y llegada en Campo de Criptana y más de 24 horas sobre la bicicleta.
Una distancia así exige preparación, resistencia y mucha capacidad para adaptarse. Hay momentos de cansancio, horas de noche, cambios de temperatura y tramos en los que continuar depende tanto de la cabeza como de las piernas. David lo explicaba después de terminar: en un ultra las condiciones perfectas no existen. Hay que ir resolviendo lo que aparece, ayudarse y seguir avanzando.
Pero para nosotros, el Camino del Quijote contra el cáncer infantil tenía un significado que iba más allá del reto deportivo.
David volvió a vincular una de sus aventuras a la Fundación Alba Pérez, convirtiendo cada kilómetro en una oportunidad para hablar del cáncer infantil y acercar nuestra labor a personas que quizá todavía no nos conocían.
No es la primera vez que lo hace. A través de Pedaladas de Esperanza, lleva años utilizando el ciclismo para apoyar nuestra causa. Cada reto es diferente, pero todos comparten algo: hacer visible la necesidad de seguir impulsando la investigación contra el cáncer infantil y de acompañar a las familias que están atravesando un proceso oncológico con sus hijos.
Y eso es precisamente lo que queremos agradecer.
Porque cuando alguien decide dedicar meses de preparación, muchas horas sobre una bicicleta y un esfuerzo personal enorme a una causa, el resultado no se mide únicamente en kilómetros.
También se mide en las conversaciones que genera.
En alguien que pregunta qué significa Pedaladas de Esperanza. En una persona que descubre por primera vez la historia de Alba. En quien empieza a conocer qué es el sarcoma de Ewing o por qué siguen haciendo falta recursos para investigar tumores infantiles.
Una iniciativa de ciclismo solidario puede conseguir que nuestra causa llegue a personas que probablemente nunca habrían encontrado nuestra Fundación de otra manera.
Y eso tiene mucho valor para nosotros.
Lo que queda cuando termina un reto solidario
Cuando se cruza la meta, llega el momento de descansar. De recuperar las piernas, dormir y ordenar todo lo vivido durante tantas horas.
Pero un reto solidario contra el cáncer infantil no termina exactamente ahí.
Quedan las personas que lo han seguido. Las que lo han compartido. Las que han colaborado. Las que han preguntado por la Fundación o han conocido un poco mejor por qué es necesario que la investigación pueda continuar.
Queda también la experiencia compartida.
David hablaba después del reto de cómo estas distancias unen a quienes las viven. Cuando aparecen dificultades, hay que adaptarse, apoyarse y avanzar juntos.
De alguna manera, esa idea también encaja con lo que vemos cada día en la Fundación.
Nuestra labor tampoco depende de una sola persona.
Hay investigadores, familias, Alber@s, empresas, personas que organizan actividades y otras que simplemente deciden compartir nuestro trabajo para que llegue un poco más lejos.
Pedaladas de Esperanza forma parte de esa comunidad.
Por eso este artículo no quiere quedarse solamente con los 425 kilómetros.
Quiere quedarse con lo que había detrás.
Con alguien que decidió volver a ponerse un reto difícil y aprovecharlo para hablar del cáncer infantil.
Con las personas que estuvieron pendientes durante el recorrido.
Y con todas las que, de una forma u otra, hicieron que el nombre de la Fundación Alba Pérez viajara durante más de 24 horas por el Camino del Quijote.
Gracias, David, por volver a llevar nuestra causa contigo.
Gracias también a quienes compartisteis, apoyasteis o seguisteis esta nueva iniciativa de Pedaladas de Esperanza.
Los kilómetros ya están hechos.
Pero todo lo que han ayudado a mover puede seguir avanzando mucho después de la meta.