Hay historias que no se eligen. Llegan de golpe, cambian una vida entera y obligan a mirar el mundo de otra manera.
La historia de la Fundación Alba Pérez nació así: desde nuestra experiencia familiar marcada por el cáncer infantil y por una pregunta que ningún padre ni ninguna madre debería hacerse nunca.
Alba sufrió sarcoma de Ewing, un cáncer infantil poco frecuente que afecta sobre todo a niños, adolescentes y jóvenes. Su enfermedad cambió la vida de nuestra familia, como ocurre con tantas familias que reciben un diagnóstico así. De un día para otro, todo pasa a girar alrededor de pruebas, tratamientos, ingresos, revisiones, miedos y decisiones difíciles.
Pero de esa historia también nació un compromiso.
La Fundación Alba Pérez no nació de una idea abstracta ni de una campaña. Nació de Alba. De su vida, de su lucha y de la promesa de que se siguiera trabajando para que otros niños y niñas tengan más oportunidades. Por eso, cuando hablamos del sueño de Alba, no hablamos solo de un recuerdo. Hablamos de una misión que seguimos llevando a cabo.
Ese sueño era sencillo de decir y muy grande de sostener: avanzar en la investigación para que el cáncer infantil tenga mejores respuestas. Porque cuando una familia vive una enfermedad como el sarcoma de Ewing, entiende muy rápido que la ciencia no es algo lejano. La ciencia es la posibilidad de tener más opciones. Más conocimiento. Más tratamientos. Más tiempo. Más futuro.
Desde nuestros inicios, la Fundación ha trabajado para recaudar fondos destinados a la investigación contra el cáncer infantil, especialmente contra el sarcoma de Ewing. Esta enfermedad forma parte de nuestra historia y de nuestra razón de ser. Por eso seguimos hablando de ella, explicándola y apoyando proyectos que ayuden a entenderla mejor.
Con los años, también hemos aprendido que la investigación necesita algo más que grandes titulares. Necesita continuidad. Necesita equipos científicos que puedan trabajar durante meses y años. Necesita materiales, tecnología, ensayos, validaciones y recursos estables. Y necesita una comunidad que entienda que cada ayuda, incluso pequeña, puede formar parte de algo mucho más grande.
Ahí aparecen los Alber@s. Personas que se han sumado a la Fundación de muchas maneras: donando, organizando eventos, participando en retos solidarios, comprando en la tienda de donativos, compartiendo publicaciones o hablando de nuestra causa para que llegue más lejos. La Fundación no se entiende sin esa comunidad. Porque ningún proyecto así se sostiene solo.
Hablar del origen de la Fundación también es hablar de confianza. Durante años, muchas personas han decidido apoyarnos porque han entendido que detrás de cada donación hay una misión clara: impulsar investigación, acompañar a familias y dar visibilidad a una realidad que todavía necesita mucha más atención.
El cáncer infantil no es cáncer en pequeño. Necesita investigación específica, tratamientos pensados para niños y adolescentes, y más recursos para avanzar hacia opciones más eficaces y menos agresivas. En enfermedades como el sarcoma de Ewing, cada avance científico puede ayudar a completar una parte del mapa: entender cómo aparece el tumor, qué alteraciones lo impulsan, por qué algunos tratamientos funcionan y otros no, y qué caminos podrían abrirse en el futuro.
Pero también sabemos que mientras la ciencia avanza, las familias necesitan apoyo en el presente. Por eso nuestra labor no se limita al laboratorio. También hablamos de acompañamiento, de casas de acogida, de necesidades cotidianas, de hermanos, de secuelas y de todo aquello que muchas veces no se ve cuando se habla de cáncer infantil.
El sueño de Alba ha ido creciendo con los años, pero no ha cambiado de fondo. Sigue siendo el mismo: que ningún niño ni ninguna familia se quede sin oportunidades por falta de investigación, de recursos o de apoyo.
No podemos prometer soluciones rápidas. Sería injusto hacerlo. La investigación necesita tiempo y prudencia. Pero sí podemos comprometernos a seguir trabajando, a explicar los avances con responsabilidad y a pedir ayuda de forma clara, honesta y transparente.
Porque la Fundación Alba Pérez nació de una historia que dolía demasiado como para quedarnos quietos. Nació de una promesa. Y sigue viva gracias a todas las personas que han decidido convertir ese dolor en acción.
Hoy, el sueño de Alba sigue adelante cada vez que alguien dona, comparte, organiza, participa o se suma a nuestra comunidad.