A veces la gente no entiende como puede ser tan especial para mí el momento de irme a dormir. El momento de dejar el mundo que nos rodea, con sus agresiones, sus momentos difíciles, y los recuerdos amargos.

Muchos creen que debería centrarme en lo que me acompaña en las horas de luz. Lo que todavía tengo. Las personas que me quieren y a quienes quiero más que a nada, toda esa gente especial sin la que no hubiésemos conseguido todo lo que tenemos hasta ahora, quieren que recuerde que hemos hecho historia. Que gracias a nuestro trabajo, otros estarán mejor y quizás, incluso vivan.

Sobre todo, muchos creen que debería centrarme en la familia que está a este lado. Que lo de querer irme a dormir es un síntoma de depresión que tengo que eliminar para seguir adelante. Pero es que ellos no lo entienden. Porque durante el día tengo a mi mujer, y tengo a Ariadna, y a toda la gente que nos rodea y sin la que la existencia no tendría la más mínima gracias.

Pero cuando llega la noche, es para otra persona. Mi pequeña, una de las luces de mi vida. La que ya no puedo ver a la luz del día. La que ya no puede compartir nuestras comidas, nuestros juegos, nuestro viaje por la vida. Porque es cuando me voy a la cama, cuando cierro los ojos y me rodea la quietud de la noche, cuando sueño con alba. Y Alba me habla, diciéndome que siga adelante y no me rinda nunca.

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