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Laura detrás de cada ÁNGEL hay una historia cargada de amor, lucha, coraje y entrega a los demás. Mi nombre es LAURA y soy un ÁNGEL, UN ÁNGEL MUY ESPECIAL.

Cuando tenía 13 años vivía en Alcobendas, pero iba al colegio a Madrid, tenía que ir y volver en coche, todo un hándicap para mí y el cansancio que sentía era mayor cada día. El 17 de mayo de 2007, un radiante viernes de primavera, mi madre vino a buscarme al colegio antes de acabar las clases para ir a comer con ella y para ir a comprar unos zapatos para la boda de una de mis primas.

Mi primera boda, estaba feliz, ya me habían comprado un precioso vestido palabra de honor rojo. Compramos unos zapatos muy bonitos, con un poco de tacón, pero nunca llegué a estrenarlos. Estuvimos una hora más o menos de tiendas, después fuimos al médico para ver porque sentía tanto cansancio y nos aconsejó acudir al hospital, quien iba a pensar que ya no íbamos a salir de allí.

Me sentía terriblemente cansada, pero nunca imaginaba que estaba tan mal como me diagnosticaron. Cuando esa noche ingresé en la 6ª Planta y vi que era la de oncología, supe que mi situación era grave. Vino un médico, me dijo que tenía que permanecer ingresada porque al día siguiente tenía que recibir un tratamiento, directamente dije que no, que sabía que se me iba a caer el pelo, que no me importaba morirme, que me marchaba a casa me despedía de mis amigos y hasta donde llegara.

El médico intentaba convencerme, pero mi madre me echó un cable y le dijo que me dejara un poco de tiempo para reflexionar y pensar. Lo pensé seriamente, lloré, lloré y lloré hasta quedarme sin lágrimas en los ojos, le dije a mi madre que no quería perder el pelo y ella me contestó que no quería perderme a mí, pensar en mis padres me hizo reaccionar.

Me dejaron un día más sin tratamiento, mientras seguía pensando en dar mi consentimiento, por fin accedí, pero con una condición: tenían que contarme todo lo que me iba a pasar. Una vez me tranquilicé llamé a un amigo para felicitarle por su santo, se quedó totalmente sorprendido habíamos estado juntos en clase el día anterior, para tranquilizarle de dije que estaba ingresada en una habitación como en un hotel de lujo.

Siempre con mi madre a mi lado, las dos solitas en la habitación; mi padre siempre me traía la comida de casa, me preguntaba que quería comer y él se encargaba de prepararlo para mí, se desvivía por complacerme. A medida que iban pasando los días los efectos de la quimioterapia se hacían cada vez más patentes, era tan duro y me encontraba tan mal, que de una patada derribé una butaca de la habitación, me parecía increíble, ¿por qué a mí?, aquel tiempo fue terrible para mí y para los que estaban a mi alrededor.

Poco a poco se fue haciendo la luz , al cabo de 9 meses recuperé las fuerzas y pude hacer lo que más me gustaba: ir de tiendas, aunque siempre muy rápidamente para no enfermar. Poco después empecé a recibir clases en casa para no perder el curso, porque me preocupaba no poder aprobar todas las asignaturas.

Me esforzaba en estudiar mucho para estar a la altura del resto de mis compañeros de clase. Me había cambiado de colegio, a otro más cerca de mi casa, todos mis compañeros de clase se preguntaban quien sería esa LAURA que siempre nombraban y nunca habían visto. Yo seguía estudiando con ahínco y aprobé el curso sin dificultad. Durante este tiempo las idas y venidas del hospital eran constantes, tenía que hacerme pruebas continuamente y siempre estaba en jaque esperando que los resultados no fueran satisfactorios.

Lejos de caer en el desanimo siempre estaba con la moral muy alta, siempre dándole ánimos a los demás y transmitiéndoles esperanza en el futuro a los niños que estaban en la misma situación que yo. Me preocupaba más de todos los que estaban a mi alrededor que de mí misma.

Llegó el verano del 2008, estaba llena de fuerza y energía, me encontraba fabulosamente bien: física y mentalmente. Había pasado de verlo todo negro a ver la vida con una sonrisa, aunque creo que durante estos meses tan terribles nunca la había perdido. Ese verano fue fantástico, fue como un renacer, no paraba de hacer cosas, de viajar, de conocer gente, el mundo estaba a mis pies y yo estaba en la cima del universo.

Empezó el nuevo curso y fue un cambio radical en mi vida. En poco tiempo me integré en una pandilla de chicas y chicos de mi edad, era fantástico, siempre había soñado algo así. Cada día me divertía más y más, había descubierto una faceta del colegio y de la vida desconocidas para mí. Éramos una peña, como una piña, todos unidos, compartiendo vivencias y amistad. Eran los mejores momentos de mi vida, era feliz, nada se podía igualar a la sensación de ser parte de la peña. Recibía tanto cariño de esas chicas y chicos que la enfermedad había pasado a un segundo plano y no me acordaba para nada de ella.

Un poco antes de las vacaciones de Navidad, de nuevo el fantasma de la enfermedad empezó a planear sobre mí: una recaída. Después de tantos meses de lucha era volver al principio, pero con el conocimiento de lo que era pasar por un tratamiento contra la leucemia. Todo estaba en mis manos, yo tenía la decisión de continuar o abandonar, en ese momento le dije a mi doctora que no iba a pasar otra vez por lo mismo y a mi madre que tampoco lo iba a hacer por ella, mi madre me miró con dulzura y me dijo que no lo hiciera por ella.

La doctora intentaba convencerme, le dije que por favor me diera el informe que tenía un examen de matemáticas, que se me hacía tarde y que no pensaba volver. Cuando llegué al colegio mi profesor me preguntó el resultado del informe, me armé de valor y delante de toda la clase les conté que la enfermedad que había tenido el año pasado era leucemia y que ahora sufría una recaída, que necesitaba un trasplante y había tomado la decisión de no seguir adelante, se hizo un enorme silencio en la clase. Mi situación impactó de tal manera que todos mis amigos me acogieron tan bien que al final decidí seguir adelante por las enormes muestras de cariño que había recibido de ellos.

La fiesta que teníamos planeada para Navidad la adelantaron para que yo pudiera disfrutar con ellos. Recuerdo con agrado aquella fiesta, estrené un vestido muy bonito que había comprado para Navidad antes de la recaída, era precioso y remarcaba mi estilizada figura. Pase una velada fantástica con mi peña, cenamos juntos, nos divertimos y me hicieron un regalo genial: un enorme elefante de peluche. Nos hicimos muchas fotos muy divertidas, pero mi cara no mostraba felicidad porque sabía lo que me esperaba cuando acabara la fiesta.

Tenía que volver a ingresar en el hospital, sin saber que tratamiento iba a recibir, pero si sabía que sería más fuerte y más duro que todos los anteriores. Tenía ilusión por seguir adelante, esperanza en que encontraran un donante de médula compatible para mi trasplante y sin llegar a pensar en ningún momento en que el tratamiento no iba a ser eficaz. Sabía que mi pelo en 15 días se iba a caer, ahora tenía mi pelito con unas extensiones que hacían que no se notara que tenía el pelo corto, incluso me decían que tenía un corte muy bonito. Ingresé de nuevo con mucha fuerza, pero cuando salí esa fuerza había desaparecido, al igual que mis defensas, el tratamiento era terrible.

La Nochebuena y la Navidad del 2008 las pasé en casa, pero en Nochevieja tuve que ingresar de nuevo. Estaba muy triste, todos mis amigos de fiesta y yo tomándome las uvas en el hospital, además no podía estar en contacto con nadie porque no tenía defensas y podía coger alguna infección, este día fue especialmente duro para mí.

No todo iba a ser negativo, porque mis amigos me visitaban a menudo, mi doctora me hizo un pase especial para que pudieran visitarme en grupo, esto me daba mucha alegría y tenía a la Planta 6ª continuamente revolucionada, incluso me dieron permiso para comer con todos mis amigos y vinieron todos a recogerme. Esto es lo que me ayudaba a seguir con mi tratamiento con más ilusión.

Estuve ingresada hasta el día 5 de enero de 2009, afortunadamente me dejaron salir para pasar el día de Reyes en mi casa y también el día de mi 15 cumpleaños, el 7 de enero. Ya había empezado a caérseme el pelo, me puse un gorro marrón, como siempre estaba muy guapa, pero yo no me sentía muy favorecida porque desde que tenía un añito era supercoqueta y me gustaba estar siempre perfecta.

Me prepararon un cumpleaños muy bonito en la casa de un amigo muy especial, el que desde el segundo día de colegio me ayudó mucho. Mi madre me compró una tarta de chocolate muy rica. Pasé un cumpleaños muy divertido dentro de lo que mi situación me permitía disfrutar del momento. Me sentía muy querida, aunque interiormente no era feliz, no era como todos ellos: sanos.

Al día siguiente tenía que ir a cortarme el pelo una vez más y ponerme una peluca por segunda vez, era duro volver a pasar por la misma situación. No podía entender que había hecho yo mal en la vida, me hacia esta pregunta una y otra vez. Lo único que recordaba haber hecho mal era copiar en un examen y sin necesidad, porque nunca había tenido problemas con los estudios. Me hicieron otra peluca muy bonita, de pelo largo, como siempre lo he llevado, estaba perfecta y no se notaba absolutamente nada. Me daba vergüenza ver a mis amigos, pensaba que les podía causar rechazo el que supieran que llevaba peluca. Cuando fui viendo a todos poco a poco, empecé a sentirme aliviada porque me miraban con normalidad.

Volví a ingresar para el segundo tratamiento, solamente me quedaba el tercero y finalmente el trasplante si encontraba un donante compatible. Tenía ilusión, en tres meses aproximadamente terminaría todo el sufrimiento. Pasado este segundo tratamiento me hicieron la prueba del medulograma para saber como evolucionaba. Recuerdo estar en casa dando clase con mi profesor, suena el teléfono y lo coge mi madre, la oigo sorprendida y preocupada, había que volver al hospital porque las células malas que había que eliminar no habían remitido nada, eso no era buena señal porque la quimioterapia no podía con ellas. Había que cortar el crecimiento de estas células malas, me pusieron el tercer tratamiento. Este tratamiento era mucho más duro que el anterior, esperaban que hubiera una remisión completa, que las células malas desaparecieran por completo, pero fue inútil.

Estábamos muy preocupados por el donante, no sabíamos nada, si habían encontrado uno compatible con mi médula, todo eran incógnitas. Después de este tercer tratamiento, el transplante tenía que ser inmediato porque mi situación era muy delicada, no se podía esperar mucho tiempo porque podía sufrir una recaída en la recaída de la que me estaban tratando.

Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando terminado este último tratamiento y tras el correspondiente medulograma, se repitió una situación anterior: estoy en casa con mi profesor, suena el teléfono, mi madre contesta y se queda sin palabras porque no habían remitido las células malas, sino que habían aumentado bastante. Agotada esta vía, había que tomar otro camino: un tratamiento nuevo que iba muy bien y que en estos casos era la única alternativa. Este tratamiento era duro, muy duro, pero la realidad superaba a las palabras, era lo peor de lo peor. Tenía que ingresar de inmediato pero la doctora me dio un pequeño respiro: podía ingresar un día después, gracias a mi madre que intercedió por mi.

Estaba muy ilusionada porque tenía un evento importante, una invitación de una pareja de amigos adultos que iban a llevarme de fiesta por Madrid toda la noche. Me había comprado unos zapatos muy bonitos de charol y un abrigo corto blanco ajustado, a juego con mi precioso vestido de fiesta. La doctora le había dicho a mi madre que también era importante que estuviera bien en todos los sentidos y que si la fiesta me hacia tanta ilusión no pasaba nada por ingresar otro día, a pesar de lo preocupante de mi situación. Me arreglé, me puse guapísima, aunque realmente mi cuerpecito estaba muy débil por todo lo que llevaba de quimioterapia, pero aún así estaba espectacular; si algo no había perdido durante el tiempo de mi enfermedad era mi estilo. Siempre había sido muy presumida, desde pequeñita todos me decían que era una niña especial.

Vinieron a recogerme a casa en un Rolls-Royce blanco como mi abrigo, no podía creer que con 15 años pudiera vivir esa noche tan maravillosa pudiendo ir a los lugares reservados para mayores de edad, todo un sueño. Había estado esperando a cumplir 14 años para ir una de esas discotecas light para niños, pero con mi enfermedad no pudo ser. Me llevaron a una discoteca de moda, donde van todos los famosos del mundo de las revistas del corazón, era fantástico todo un mundo nuevo se abría ante mis ojos. Lo pasé genial, me hice muchas fotos, pero a pesar de la alegría del momento mi cara reflejaba tristeza y resignación por lo que me esperaba al día siguiente.

A pesar de la dureza del tratamiento sacaba fuerzas de flaqueza y el sentirme arropada por la peña, mi familia y amigos hacían que olvidase todo lo que estaba pasando y me quedaba por pasar. Siempre que estaba fuera del hospital era una carrera contrarreloj, tenía el tiempo justo para ir de tiendas, pasear, salir a divertirme, etc. Pero siempre con una sonrisa en los labios, nunca mostrando flaqueza ante los demás, porque tenía que mostrarme fuerte ante lo que había en mi interior. Cada vez que estaba en hospital me preocupaba de todas las niñas y niños que como yo estaban bajo tratamiento, me importaban tanto como se encontraban que siempre buscaba un hueco para hacerles una visita e interesarme por su estado.

Volví a ingresar sin saber realmente lo que me esperaba, cinco días seguidos de tratamiento, tres sesiones de quimioterapia cada día. Fue insoportable desde el primer día, todos los días le decía a mi madre que me lo quitara todo y que me llevara a casa, no aguantaba más. Mi madre me daba ánimo y me alentaba para que aguantara hasta el final. Por fin, llegó el quinto día y pude irme a casa, estaba extenuada y sólo quería que terminara cuanto antes ese infierno. Duró poco mi alegría por volver a casa, a los dos días tenía fiebre y estaba sin defensas, sin saber que estaba pasando nos vimos de nuevo en el hospital, esta vez estuve ingresada todo un interminable mes. No había forma de hacer que las defensas subieran y estábamos muy preocupados, pero los médicos decían que era consecuencia de la quimioterapia tan fuerte a la que había estado sometida, yo pienso que no tenían mucho conocimiento del resultado del nuevo tratamiento que me habían aplicado, se les notaba un poco desorientados, pero supongo que era lo único que quedaba por probar.

El tratamiento no mostraba un progreso favorable. La situación era cada vez más desesperada, yo había perdido la esperanza. Recuerdo que me encontraba muy débil, salía con mi madre a pasear en silla de ruedas por los alrededores del hospital y no me importaba nada lo que los demás pensaran de mí, quería respirar el aire fresco, ver el azul del cielo, guardar en mi retina el recuerdo del mundo exterior.

Pasaban los días, mis defensas no subían, mi madre y yo hablábamos continuamente con los médicos, pero no decían nada nuevo, todo normal, había que esperar, yo intuía que algo no iba bien. Después del medulograma se confirmaron mis presagios: estaba con mi madre en la habitación, la hacen salir con la excusa de que tenía que cuidar a una niña y mientras el médico le cuenta que las células malas habían subido hasta un nivel muy alto, no había ninguna posibilidad, quedaba poco tiempo para estar juntas. Entró mi madre en la habitación y me dijo: “Laura cariño, nos vamos a casa, las células malas han subido mucho y aquí no pueden hacer nada, sólo vamos a volver aquí cuando nosotros lo decidamos”. Le dije: “mamá, ahora me gusta mucho tu forma de decidir las cosas, ahora mandamos nosotras, no los médicos”. Entró el médico y me dijo que no podían ponerme más quimioterapia, yo no pregunté que podía pasarme pero en mi interior me lo imaginaba. Tenía tantas ganas y fuerzas por vivir que creía que nunca nada, ni la enfermedad, iba a poder conmigo.

Mi madre me ayudo a vestirme, me puse un vestidito nuevo azulito de gasa, con mis botitas y chaquetita de rayas azul. Antes de irme subí a la 1ª planta a despedirme de una amiga, le conté que me iba a casa porque los médicos no podían hacer nada por mí, se quedó planchada, sin palabras. Cogió su funda del móvil y me la regaló de recuerdo, era de color morado y con un corazón de plata. Cuando bajé volvía a subir, con toda mi debilidad y delgadez, le regalé una pulsera, yo también quería dejarle un recuerdo a mi amiga, entonces nos fuimos a casa.

Buscamos un médico en la India, un homeópata, como una posible solución a mi enfermedad, había que agotar todas las posibilidades y el tiempo corría en nuestra contra. Era Semana Santa, llamé a mi profesor de matemáticas y le conté cual era mi situación, se quedó sin palabras, tuve que pasarle el teléfono a mi madre porque él no podía decirme ni una palabra, mi madre intentó animarle. Llamé también a mis amigos y les ocurrió lo mismo que a mi profesor, no sabían que decirme.

Estaba en mi casa, estaba contenta de poder estar con mi perrito Zeus, era como mi hijo, me ha dado muchos momentos de alegría el poder contar con su compañía. En un momento de mi enfermedad no hicimos caso a los médicos y compramos el perrito, lo que me hizo muy feliz, es el perro más bonito del mundo. Lo elegí cuidadosamente y me costó encontrarlo, pero cuando lo encontré sabía que estábamos hechos el uno para el otro, Zeus es un pinscher enano. Tenerlo me ha hecho muy feliz y me ha ayudado mucho, aunque no lo podía acariciar mucho cuando mis defensas estaban bajas.

El miércoles estaba muy bien, tenía mejor color, un aspecto mejor, creíamos que la homeopatía podía ser efectiva. Cada día teníamos que mandar un correo a la India con mi estado para recibir instrucciones.

El jueves por la mañana no estaba muy bien, llamaron a una ambulancia y me llevaron al hospital, tenía la habitación 604 reservada, los médicos sabían que tenía que volver en cualquier momento. No quería volver al hospital nunca más, pero mis padres me dijeron que sólo íbamos a hacerme una transfusión y después a casa.

El viernes seguía bastante bien, hasta que por la tarde al levantarme del sofá para ver como mi prima ponía el correo a la India, sentí una sensación horrible, como si alguien o algo me robase toda la energía. A partir de este momento ya no tenía fuerzas para nada, por la noche mi boca estaba llena de llagas, creía que era mucositis producida por la quimioterapia, aunque durante todo el tiempo de mi enfermedad no me había atacado mucho. Era algo peor, las células malas estaban por todo mi cuerpo, por la noche no podía tragar el tratamiento homeopático. Me acosté como durante tantas y tantas noches junto a mi madre, me pusieron dos almohadas para dormir un poco incorporada, pero no pude dormir apenas porque no podía tragar nada en absoluto. Mi perrito Zeus estuvo toda la noche en mi camita, mirándome fijamente, dándome su cariño. Había soñado que empeoraba y al despertar el sábado le dije a mi madre con mucha dificultad si yo merecía todo ese sufrimiento, mi madre me dijo: no cariño, estas muy malita pero tienes que curarte, vamos al hospital para que te pongan un calmante y así podrás tragar, luego volvemos. Asentí, pero le dije a mi madre que quería volver a mi casita, que quería estar allí. Llegamos al hospital y me pusieron un calmante, me sentí aliviada, mis padres salieron de la habitación para hablar con los médicos, mi padre entró mirando a mi madre y llorando como era habitual en él, ella estaba entera como siempre, pensando que la situación no era tan grave.

Empecé a toser y escupir sangre, vino el médico y al preguntarle que me pasaba, me dijo que era una vena, le contesté que yo sabía mucho y que cuando alguien escupía sangre en esas condiciones en dos días fallecía. Me quedé adormilada y le dije a mi madre que tenía que regalarle una pulsera, me preguntó cuál le iba a regalar y le respondí que cuando estuviéramos en casa se lo diría. Lo único que quería era tener a mi madre a un lado de la cama, al otro a mi tía y en la habitación a mi prima y a un amigo mayor que me ayudó mucho, también a mi padre pero sin llorar. En la sala de espera de la habitación tenía mucha familia, estaban todas mis primas y primos, todos mayores que yo, en los que yo siempre me había sentido reflejada, pero no quise que me vieran en mi estado, porque no era precisamente el que me hubiera gustado tener para ellos.

Ese sábado, 11 de abril de 2009, sólo quería volver a casa, pero repentinamente empecé a encontrarme muy mal, me pusieron morfina, pero antes de que llegara a la sangre mi padre salió y habló con el médico, no sé que me pusieron porque sin darme cuenta vi que unas preciosas alas blancas habían brotado de mi espalda, ya no sentía dolor, me sentía muy bien y muy tranquila, ahora por fin era libre, me había ido rodeada de mucho cariño, mucho amor y muchísima paz.

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